Aún con cierto riesgo de caer en el reduccionismo podría decirse que hay dos grandes maneras de mirar la política. Por un lado desde el cortoplacismo de los números y el éxito momentáneo. Es la política que hace alianzas con cualquiera con tal de ganar. La que le da lugar al canchero, al millonario, al que mejor mide en las encuestas aunque esos números no representen solidez, historia, trayectoria y capacidad para gestionar un proyecto colectivo donde la mayoría se sienta parte.
Y está la otra mirada, la de largo alcance, la que ve a la política como una construcción permanente. La que hace alianzas, eventuales o permanentes según el caso, pero poniendo a los mejores hombres y las mejores mujeres, a los valores y los principios, y los objetivos comunes por delante.
En el primer caso, el de hacer alianzas con cualquiera pueden citarse las que hicieron Chacho Alvarez y De La Rúa o Néstor Kirchner y Julio Cobos, que terminaron en rupturas escandalosas. Con el agravante de que fue para una elección presidencias
También puede citarse la que hicieron hombres sin partido ni ideas que alumbren, como Macri y De Narváez, con un peronista de raza, formado y con experiencia en gestión aún con los errores como gobernador en el peor momento de la Argentina, y con espaldas en la provincia de Buenos Aires, como Felipe Solá.
La Unión-Pro peronista, sirvió para construir el ensueño de que Kirchner perdía poder. El duhaldismo ayudó en esa idea aportandole a De Narváez aparato y hombres, y aguantando como nunca, la tentación de aparecer en los primeros puestos y en la línea de fuego.
El duhaldismo se refugió detrás de De Narváez para tratar de empujar a Kirchner y reorganizarse. El empresario, que ganó raspando por apenas un punto y poco, creyó –y aún lo cree- que se compró el derecho de poner al próximo presidente de la argentina. Aún peor, el diputado empresario, hijo de padres extranjeros y colombiano de nacimiento que ya una vez hizo interpretar la constitución bonaerense para ser candidato a gobernador, reclama que lo asiste el derecho a él mismo de ser presidenciable. Alega los pactos internacionales firmados por el país. Un juez de la Corte ya le mandó decir que, con esta Carta Magna, olvide su pretensión. Pero él cree que tiene el derecho de poner al próximo presidente.
En cambio, en la última elección del 28 de junio, la alianza que impulsó Elisa Carrió por la Coalición Cívica, con el radicalismo y el socialismo, buscó fundamentalmente romper la hegemonía K en el Congreso e imponer una acción institucional sólida además de una agenda pública diferente. Difícilmente el Acuerdo Cívico y Social llegue entero a las presidencial de 2011. La mirada política cortoplacista, oportunista y dubitativa de Julio Cobos, la ansiedad y los errores de Margarita Stolbitzer, más la oscura ambición de muchos radicales, y la falta de pulso político y los prejuicios del socialismo sano de Giustiniani y Binner, probablemente echen a perder una idea magnífica de unificar a la oposición en una alianza duradera para un futuro gobierno.
Carrió acusada de loca y apocalíptica inmoló su propia candidatura en la ciudad de Buenos Aires a cambio de un proyecto en todo el país. Fue la que luego del 28 de junio dijo que el dialogo político convocado por el gobierno era una maniobra perversa de kirchner para ganara tiempo. Carrió, acusada de doblegarse a la derecha, vuelva ahora a la política por todo lo que construyó en los años anteriores desde la centro izquierda del ARI. Habiendo asumido que las estructuras abiertas como el Acuerdo Cívico, o la misma Coalición Cívica, sin autoridades orgánicas y donde cada uno mantiene su independencia de criterio y de acción, son imposibles en un país donde la necesidad de construir estructuras sólidas y serias, que perduren en el tiempo, es imperiosa. Carrió se dio cuenta que mientras la acusan de mezquina y autoritaria el poder lo siguen detentando otros.
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